viernes, 17 de septiembre de 2010

UN AMOR MÁS PROFUNDO QUE EL MAR


Si el tiempo de vida de una película en cartelera fuera equivalente al esfuerzo empleado en su realización, entonces  aún deberían estar exhibiendo “Océanos”. Pero este principio de justicia cinematográfica, que podría emplearse por igual  para películas extranjeras y nacionales, rara vez se cumple.
La suerte que corren los documentales no es mejor.  Al menos en países como el nuestro, donde público no se deja seducir por dinámicas narrativas diferentes ni se compromete con temas que no le son cotidianos. Las campañas publicitarias, que funcionan con las películas de ficción, no cumplen su propósito de llenar las salas y convierten a las producciones en flores de un día, en un privilegio de aquellos que le apuestan a lo diferente.
A diferencia de las dramatizadas, que le permiten al espectador olvidarse de su cotidianidad y asumir el universo del protagonista como real, un largometraje documental precisa la atención y la reflexión de quien observa.   El autor expone su postura frente a un hecho que considera relevante y el espectador observa, escucha y analiza para después elaborar su propia percepción. La dinámica no siempre está asociada al disfrute, pero si sacude la conciencia dormida.
Más que un género por explorar, el documental se ha convertido en la voz que denuncia, critica, reflexiona y, sobre todo, cuestiona.  Sin importar las latitudes, los presupuestos y el formato, los directores se han permitido hablar de lo que les inquieta a través de sus documentales.
Claro, a veces las preocupaciones son las mismas y las producciones empiezan a parecerse unas a otras, así sean hechas con distintas cámaras y bajo otra dirección.  Y eso es lo que ha pasado en los últimos años, cuando por consciencia, casualidad o moda, productores, directores y actores han tomado el planeta como el gran tema.
Películas como “La travesía del Emperador”, “Tierra”, “Home”  y “Nómadas del Aire” son algunas de las producciones en que se ha invertido mucho tiempo, creatividad, tecnología y dinero para mostrarnos el planeta desde diferentes ángulos y puntos de vista. 
Pero “Océanos” no es un documental más. Con ocho años de investigación y casi cinco de rodaje,  la película dirigida por Jaques Perrin, es algo así como 
mirar el mar con ojos de enamorado.  Los movimientos de cámara que se hacen sobre los animales parecen caricias y los sonidos naturales fluyen como la corriente. Las escasas notas musicales se articulan a la narración visual y sobre todo respetan  el silencio submarino por encima de todo.   La solemnidad de sus secuencias corta el aliento de los espectadores y los ubica en su rol dentro de la naturaleza. Imposible no sucumbir ante la majestuosidad del mar  donde todo se mueve con cadencia y perfección.

“Océanos” tuvo una inversión de  50 millones de euros, lo que lo convierte en el documental más caro de la historia. Solo así pudieron filmarse más de doscientas especies submarinas, en cincuenta y siete locaciones distintas y en cinco de nuestros océanos.  Para esto tuvieron que utilizar varios dispositivos especiales con los que se pudieron captar  movimientos con la velocidad real de algunos de sus protagonistas, como los delfines y los atunes.  Y recurrir a uno que otro efecto digital para crear mayor impacto. 
Las intervenciones del narrador (Pierce Brosnam en inglés, Pedro Armendáriz jr en español) son prudentes, reflexivas y bien elaboradas. Por fortuna el director tuvo la lucidez de no colocarle voces ni sentimientos humanos a los animales, como sí hizo su compatriota Luc Jacques en “El viaje del emperador”  ni de repetir en palabras lo que es obvio por la imagen, como los acostumbrados documentales televisivos. 
Pero la belleza y emotividad de la narración sería vacua si no fuera acompañada de un llamado a la reflexión y al compromiso.  “Océanos” cumple con el propósito de su género y con su profunda sensibilidad, cuestiona y sacude.   Como  tiene que ser un documental   

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