Existe una creencia que consiste en cubrir con un aura mágica las noticias que ocurren y a sus protagonistas. Una especie de principio, no siempre afortunado, que se basa en que una historia real es más impactante y exitosa. Después de los reporteros, los documentalistas continúan con la cadena alimenticia que luego nutre a los gestores de ficción. Así pasa con el cine: bajo la promesa de mostrar la “verdadera” historia, productores y escritores habilidosos convierten las tragedias en argumentos de ficción.
La realidad cambia de acuerdo a la latitud y a la conveniencia de quien cuenta la historia. Mientras en Colombia algunos prefieren hablar de protagonistas del narcotráfico y de soldados (“El rey”, “Soñar no cuesta nada”), en Estados Unidos los directores cuentan y recuentan, sus guerras, sus amenazas y, claro, sus ataques terroristas. Valdría la pena recordar la cosecha de películas que tuvimos después del once de septiembre del 2001, de la que ni siquiera escapó Oliver Stone.
El drama basa parte de su encanto en este principio. Aquello que Aristóteles llamó “mimesis” y que podría entenderse la imitación de la vida. Un elemento común a las historias dramáticas pero se construye, en unas más que en otras, en aras de la credibilidad.
Entonces cuando alguien presenta su película como una historia basada en un evento real, tiene parte del trabajo asegurado. Este tipo de argumentos suelen ser más fáciles de digerir y no necesitan mayores introducciones, ni estar sustentadas en universos congruentes para ser aceptadas. Dado que su público sabe cómo sucedieron las cosas y cuál fue el desenlace, el escritor se ahorra el esfuerzo de justificar los giros o acciones inesperadas. Si pasó en la realidad, ¿Por qué tendría él que explicarlo?
Pero en esta ventaja también está el riesgo. Quiera o no, quien narra una película basada en un hecho real, tendrá el acontecimiento histórico como camisa de fuerza, reduciendo su libertad creativa a la implantación de personajes imaginarios y útiles a la narración.
Para no complicarse la vida, algunos creadores optan por un mostrar el lado velado de la historia a través de personajes no estereotipos y evitan las situaciones cliché. Así consiguen historias más honradas, que les permiten explorar nuevas dimensiones de lo ocurrido.
La película inglesa “London River” tiene un poco de eso. Parte de un evento real, al tomar como punto de partida el ataque terrorista ocurrido en Londres el 7 de julio de 2005 y muestra un lado diferente del drama. Aquí los protagonistas no son ni los detectives, ni los musulmanes, ni siquiera los atentados en sí.
Aunque hay un poco de todo esto, no centra la inquietud de los espectadores en la amenaza democrática ni en el morbo del ataque, sino más bien en un debate interno de la desconfianza y el prejuicio religioso.
La historia muestra a una madre de provincia que decide viajar a Londres porque que no tiene noticias de su hija desde el día del atentado terrorista. Al llegar a la ciudad y mientras inicia la búsqueda, descubre que su hija guardaba varios secretos que la unen al mundo musulmán. La madre no logra comprender nada y solo se le ocurre creer que la joven fue adoctrinada por el grupo religioso.
Mientras llena la ciudad con carteles que tienen la fotografía de su hija, conoce a un hombre musulmán francés que también está en la ciudad buscando a su hijo, igualmente desaparecido en circunstancias misteriosas desde el 7 de julio. De alguna manera la vida de estos seres es idéntica. Además de ser un par de solitarios que buscan a su hijos, tienen en común ser practicantes de una religión, ella es una cristina protestante, mientras él es musulmán, y de profesiones similares, ella es granjera y él ecologista.
Sin embargo, los prejuicios religiosos que por aquellos días están exacerbados en la capital inglesa, previenen a la mujer y la hacen desconfiar de este hombre por el simple hecho de ser musulmán. Hasta que una verdad cambia el destino de estos seres y los condena a emprender la búsqueda juntos.
Su director Rachid Bouchareb, consiguió hacer de “London River” una película que nos mantiene en la tensión del descubrimiento propio y del ajeno. Mientras recorremos las calles de Londres, los hospitales y las morgues, nos convertimos en cómplices de la esperanza de los padres que comparten su angustia y sus pocas charlas. Lo poco o nada que sabemos de los personajes basta para identificarlos, pero aun así, de alguna manera, nos convertimos en ellos.
Es un acierto temático este de centrarse en la simplicidad de una aventura particular y profundizar en ella, más que pretender abarcar todo el drama post-atentado. Una narración basada en la simplicidad y la belleza de la luz natural. Y esto solo puede complementarse con la gran dirección de actores que hace. Protagonizada por Brenda Blethyn (“Secretos y Mentiras” y “Orgullo y Prejuicio”) y el fallecido Sotigui Kouyaté, quien ganó el premio a mejor actor en el Festival de Berlín 2009.
“London River” es una película silenciosa, introspectiva y emotiva, que muestra de una manera hermosa que la ilusión también se extingue.
Aprecio tu esfuerzo por mantener este blog.
ResponderEliminarEspero seguir leyendolo x muchos muchos años.
Un abrazo,
AL