Esta es una de esas películas en las que se puede presentir su final feliz, pero no por eso se deja de sufrir. En realidad el sentimiento no es sufrimiento sino más bien una mezcla entre emoción y angustia que se apodera de nosotros y que solo nos abandona cuando corren los créditos finales.
No es para menos. “El gran concierto” inicia con la aplastante realidad de Andrei Filipov (Alexei Guskov), el mejor director que la orquesta del Bolshoi tuvo en los años ochenta pero que ahora trabaja como aseador del teatro. Poco a poco, incluso bien entrado el desarrollo, empezamos a descubrir el pasado de Filipov quien fue castigado por el régimen en la cumbre de su carrera por tener en su orquesta a sus músicos judíos. Como consecuencia de su acción ahora limpia pasillos, sillas y oficinas, y se enfurece en silencio por el pésimo nivel de la actual Bolshoi.
A los pocos minutos de iniciar la película, sin más preámbulos, se nos introducen en el conflicto. Mientras limpia una oficina, Filipov intercepta un fax en el que invitan a la orquesta a tocar en el famoso teatro de Châtelet de París. Como un acto reflejo, Filipov esconde el fax: Sin proponérselo tiene en sus manos la oportunidad perfecta para vengarse de quienes destruyeron su vida 30 años atrás.
Asistido por su mejor amigo inicia la tarea de reunir la orquesta original a la que dirigió en sus días de gloria. Los músicos, ya todos retirados, aceptan seducidos más por la idea de ir a Paris que por volver a un escenario.
Las peripecias van y vienen de Moscú a París donde se hacen pasar como la verdadera orquesta del Bolshoi y entre confusiones, angustias y errores se desarrolla una trama que pone siempre en riesgo la realización del famoso concierto.
Pero no todo es chiste ni enredo. Por ahí también se cuela la sutil crítica a la Unión Soviética de Brezhnev con sus políticas represoras y antisemitas, y un poco de miel a través de una huérfana que cuando menos se lo espera, conoce su origen. Esta sorpresa dramática que nos es revelada casi al final de la narración es poco esperada y consigue un efecto sentimental interesante que no se pelea, para nada, con la comedia.
Porque si bien podría definirse como una comedia tiene su toque dramático y “serio” en la redención de un grupo de músicos sentenciados al olvido. Que diferencia con la comedia saturada de groserías y mal gusto a la que nos tienen acostumbrados en este país.
En cambio “El gran concierto” es prudente, medido en tensión, risas y emociones. Por supuesto la justicia es un tema siempre agradecido por los espectadores que se dejan cautivar y conmover con facilidad. Y poco importa si las películas están habitadas por personajes estereotipos como en este caso, el judio que quiere hacer dinero todo el tiempo, los gitanos siempre alegres y los pobres de folletín que se la rebuscan sin hacer ningún daño.
Tal como lo hizo con su producción “El tren de la vida” (1998) el guionista y director rumano Radu Mihailean utiliza elementos como la música y personajes como los judios y los gitanos para hacer su narración. Es bueno recordar que en aquel entonces “El tren de la vida” quedo un tanto en el anonimato o más bien se inmortalizó pero de otra manera. Según dicen su argumento fue “fusilado” (por ‘pedacitos’) por Roberto Benigni para hacer “La vida es bella” película que se presentó un año antes y que recibió varios premios.
Pero Mihailean no cayó en la depresión (¿Tal vez si?), el plagio es pan de cada día en la industria audiovisual. Así que se sacudió y siguió escribiendo y dirigiendo a su manera.
Ahora con “El gran concierto” nos regala una imperdible película con un argumento divertido y con un elenco de primera, al que tenía que dirigir con traductor a bordo, porque no hablaban el mismo idioma. Esto no fue impedimento ni para ellos ni para nosotros, porque a pesar de estar frente a una película de “allá”, la sentimos cercana y familiar.
Interesante esto de poder reconocer que el tercer mundo no nos es exclusivo y que a ese lado del hemisferio hay películas que no distinguen culturas ni fronteras y que pueden reflejar el “ahí estamos pintados” (Cómo olvidar aquella ‘original’ frase de “una película donde los colombianos estamos pintados).
Y al final, el esperado concierto. Un postre musical con el concierto para violín y orquesta con el que nos presentan el epílogo sin necesidad de colocar resúmenes por personaje al final. Un desenlace que saca la mejor sonrisa de los espectadores.
“El gran concierto” es una de esas películas que debería ser obligada para los directores colombianos que, en medio de su infinita soberbia, se creen hacedores de comedia solo por colocar entre sus líneas chistes destemplados y ordinarios. Y el lenguaje soez que nunca falta.
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