La primera sorpresa con la que nos encontramos en esta película es con una pista falsa que nos hace pensar que conoceremos la vida de un personaje determinado pero no es así. El recurso llamado Macguffin (o maguffin, en el más simple español) fue acuñado por Hitchcook y corresponde a “aquel” elemento narrativo del que se valen algunos directores como excusa para mostrarnos a los verdaderos protagonistas.
En “Un año más” el británico Mike Leigh, adopta este guiño argumental valiéndose de la talentosa actriz, Imelda Staunton con quien trabajó en 2004 en el largometraje “El secreto de Vera Drake” y que ahora actúa como una mujer deprimida y muy infeliz. Esta vez, la aparición de Staunton tiene como único propósito el llevarnos hacia su sicóloga, una mujer llamada Gerri y que terminará siendo el hijo conductor de la película en cuestión.
Interpretada por Ruth Sheen, Gerri es una mujer que divide su tiempo entre su consultorio y su familia. Comparte con su esposo su pasión por la horticultura y un amor que los ha mantenido juntos por más de 30 años. El marido interpretado por Jim Broadbent es un geólogo al que además de la trabajar en la huerta, le encanta cocinar.
Esta pareja vive en las afueras de Londres en una casa en la que todos son bienvenidos. Allí, empezamos a conocer seres contemporáneos a ellos, amigos cercanos, que han vivido sus días de manera distinta y que tal vez por lo mismo no han encontrado la felicidad, al menos no como ellos esperarían que fuera. Es así como llegamos a Mary (Lesley Manville)), una secretaria compañera de trabajo de Gerri que, a sus cincuenta y tantos, aún no ha aprendido a convivir con su soledad. Y sin saber cómo lidiar con semejante compañía, da tumbos entre la tristeza, la euforia, la compulsión, el vino y las equivocaciones.
También aparece Ken (Peter Wight), otro del club de los solitarios, que pasa sus días entre cigarrillos y cervezas. Este se muestra más honesto que Mary y no pretende verse bien cuando no lo está y se desmorona con facilidad preso de su sobrepeso y sus vicios. Añorando los años en que podía moverse a gusto por sus bares. Su tristeza se percibe, esto de sentirse ajeno y no ser bien recibido en aquellos lugares que fueron suyos, es temor que nos acecha.
Entonces hace un último y desesperado intento desesperado al acercarse a Mary. Pero claro, el pobre ya ha perdido la práctica y es torpe en el cortejo y ella lo sacude sin compasión. Lo que en realidad le molesta a Mary es ser pretendida por un hombre como ese (tan gordo, tan viejo, tan “fregado”) cuando ella se siente tan bonita, tan joven y tan coqueta. En su imaginario Mary se siente apetecible para cualquier hombre de treinta porque esa es la edad que ya cree que todavía siente que tiene. Anclada al recuerdo de un hombre que, muchos años atrás, estuvo junto a ella pero que nunca le dio el ascenso de amante a mujer.
Estas historias entrelazadas con otras más, son las que observamos en “Un año más”, que a la vez es el tiempo que compartimos con sus protagonistas. Un año de sus vidas, otro más en el que los personajes mutan conforme a las estaciones empezando por la primavera y terminando con el invierno.
Para hacerlo, el director Mike Leigh que también escribió la historia, utilizo escenas largas, planos estáticos y abiertos y fue muy generoso con sus personajes al dejarlos hablar todo lo que quisieran. Imposible hacer una historia de estas con diálogos contenidos, cuando aquí todo se centra en esos conflictos interiores, en los miedos y los fantasmas que nos habitan.
Entonces Leigh optó con sabiduría y los dejo hablar, hablar y hablar, porque eso es lo que mejor saben hacer, porque lo necesitan para mantenerse vivos. Hablar y sentirse escuchado. Por fortuna tiene amigos como Tom y Gerri que siempre los reciben y escuchan sin juzgarlos.
Esta es la clase media británica que tanto llama la atención de Leigh y que nos ha mostrado en diferentes producciones como “Grandes ambiciones”(1988), “Secretos y mentiras” (1996) “La dulce vida” (2008), por mencionar solo algunas porque en su haber ya tiene más de 15 largometrajes.
El trabajo de Leigh que le ha valido muchos (muchísimos, de hecho) y variados premios, se basa en un trabajo a fondo con personajes reales y cotidianos.
Él ha sabido valerse de su experiencia como actor y director de teatro, para lograr dirigir actores de una manera única. Convirtiéndolos en personajes contundentes pero que no pierden su naturalidad porque bien podríamos reconocer en ellos amigos cercanos o tal vez a nosotros mismos. Así de urbano y de cotidianos.
Y esos diálogos… Largos pero intensos, llenos de subtextos y de evasiones, que muestran y esconden pero que al final desnudan el alma, como los que sostenemos con nuestros amigos más íntimos.
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