Un día mientras aguardaba ansioso en el semáforo, Rubén Mendoza se puso a pensar que a los vendedores, limpia-vidrios, malabaristas y al resto de los habilidosos maestros del rebusque, les convendría que la luz roja durara más. La idea quedó allí y, con los años, se transformo en anécdota y después en el argumento de una película poderosa. Poderosa, esa sería una buena palabra para definir a “La sociedad del semáforo”. Una historia construida con imágenes y personajes tan arraigadas a nuestra cotidianidad, que se cuelan en la memoria y transforman para siempre la manera de mirar a los habitantes de la calle .
Una realidad tan destemplada como incuestionable: Ese borroso boceto que trazamos en nuestro imaginario sobre una vida de miseria, resulta infantil ante la ferocidad que domina allá afuera y donde sólo existe el hoy. Con todo lo que eso significa: comer lo que se encuentre, encontrar donde dormir, escapar a los policías y defenderse con los dientes.
Pero Rubén Mendoza, nos arranca la venda y con “La sociedad del semáforo” nos avienta de cabeza en la dinámica callejera con cobijas de cartón y el delirio de las drogas.
Que no se preste para confusiones, ésta no es una película experimental ni caótica y tampoco se trata de un documental, mucho menos de un docudrama. Es ficción pura, escrita por el puño de un director trabajador, irreverente, propositito y académico. Su paso, primero por Universidad Nacional en Bogotá y después por escuelas e institutos de Canadá, Francia y Cuba, lo orientaron en su oficio de escribir y dirigir. Pero su voz la hallaría en su producción y bajo su propio yugo. Desde el 2005, Mendoza se propuso la tarea de realizar un cortometraje por año: “La Cerca”, “El Reino animal”, “La casa por la ventana” y “El corazón de la Mancha”
Con las producciones consiguió premios y reconocimientos internacionales y decantó su estilo narrativo. Largas secuencias, personajes intrincados, diálogos reveladores y escenas que muestran, sin asomo de censura, las necesidades primarias saciadas de la manera más salvaje.
La propuesta cinematográfica de Rubén Mendoza es procaz, desparpajada y arrojada como él. A sus treinta años, se ha curtido con la vida y se ha guiado por su instinto y química. Trabaja con su grupo de amigos más que con estrellas del medio, porque “ellos lo entienden más” y cuenta las cosas como van, sin importarle quedar bien con nadie ni agradar al público o la crítica. La suya no es una postura fabricada y eso se nota en su manera de expresarse.
En “La Sociedad del semáforo” Mendoza muestra la calle como va, sin caer en personajes estereotipos ni en lo que se supone debe ser la pobreza ni en los chistecitos que suelen usar algunos directores nacionales para sublimar la desolación de los miserables. El resultado de un proceso largo de observación que llevó al bogotano a tomar notas diarias de las diferentes escenas que encontraba en los semáforos de varias ciudades.
Los papelitos en los que consignaba sus hallazgos llenaron las paredes de su casa y gestaron el universo y el conflicto que le dio origen a la película. El argumento, o al menos su inicio, estaba claro. Contaría la historia de Raúl, un reciclador desplazado del Chocó que en un arrebato de altruismo se propone alterar la duración del semáforo del centro de Bogotá.
Al igual que su protagonista, a Mendoza les gustan los retos y emprendió su búsqueda fuera de las cámaras. El instinto le decía que ningún actor de televisión ni de teatro podría trasmitir lo que él había escrito y por esto, se lanzó a hacer casting sui generis.
La convocatoria, con la que trataba a los actores de televisión como una plaga, les advertía mantenerse a metros, empezó en los buses de Bogotá. Desde allí se invitaba a todos aquellos que quisieran actuar en la película para que hicieran una prueba. El llamado fue atendido por más de 600 personas que asistieron al Parque Nacional de Bogotá en busca de sus cinco minutos de fama.
La química marcó la escogencia de actores naturales y acompañado con sus amigos, empezó el rodaje de un guión que cambiaba cada día de acuerdo a lo que se presentaba y a lo que escuchaba de sus protagonistas. Por eso la historia incomoda, talla y revuelve el estómago, porque enseña la sustancia de la calle, la que es común en nuestras ciudades tercermundistas. El asfalto alberga todo, la traición, la demencia y el delirio que se confunden con el sexo, los animales y la muerte.
Los días y las noches que avanzan lento bajo el efecto y el sopor de la droga, son interminables para los solitarios que encuentran en sus compañeros de esquina una familia. Mientras se unen para reclamar la atención de los demás seres, tan humanos como ellos pero que son distintos por ir en carros y pasar de largo. Los protagonistas se unen en tres intentos desesperados por hacerse ver y oír, pero no sirve de nada. Siguen siendo incómodos para los que tienen que detenerse allí, pero muy útiles para las autoridades que sacan provecho de todo. Conveniente paradoja.
Y al final un viaje al origen, al Boyacá de Mendoza, para reencontrarse con el seno familiar. En medio del verde, toda esperanza se disuelve y se comprueba que se ha cargado con una vida indeseable, sabiéndose muerto para la familia. Muertos para la sociedad que pasa de largo en los semáforos pero visibles para este director libérrimo.
Ja, no hay nadie con una actitud mas prefabricada que Mendoza, con sombrerito chocoloco y todo, pura verborrea seudointelectual de artista "irreverente" que despues al ver la pelicula se va al piso, pura pornomiseria mal filmada, mal editada, mal musicalisada, explotacion del dolor ajeno para lucrarse y para que sus amigos lo elogien en su facebook.
ResponderEliminarNo me parece que sea pornomiseria. Y mucho menos que este mal filmada/musicalizada/editada. Son otros aires...
ResponderEliminarYo por mi parte, desde que tuve la oportunidad de hacer un cortometraje(malo, muy malo)pues...qué le digo? el trabajo audiovisual es una cosa loca, inconmensurable. piénselo así: despreciar el trabajo de los demás es más cómodo que valorar los esfuerzos. Alguna vez has hecho un largometraje? Eso creí... respecto a si su imagen es una postalita del artista irreverente, vaya uno saber. A lo mejor su actitud es tan prefabricada como los comentarios odiosos que usted pone(muy propios de lo inteligentes más inteligentes: los incrédulos) ;)
el filósofo, Martíon Emilo cochise,dejó una sentencia para su epitafio: "en Colombia no mueren de cáncer si no de envidia". Rubén, tiene lo que debe tener un artista: Irreverencia, lucidez, es un animal cinemático y creo que con su ojo-bisturí diseccionó la realidad de Bogotá y todas las ciudades del mundo son concéntricas, isomórficas, sincrónicas, sólo una existe y estás seimpre en la misma. LSD-S es una dosis intravenosa de poesía.Henri De Tolouse Lautrec.
ResponderEliminarcansado de los tontos que por no tener talento se dedican a despreciar el esfuerzo de otros para dar de que hablar.Quien es la blogger y que logros tiene su carrera para creer que puede dar una opinion del cine colombiano.............basta ya!!!!!!veamos ustedes que han hecho..muestren sus proyectos cinematograficos y luego...luego den su opinion.
ResponderEliminarAR