Las películas cargan sobre sus hombros la realidad social de sus países y el estigma del género dramático con el que han forjado sus generaciones. Es el caso de México, que a pesar de su altísima producción audiovisual sigue siendo apostando por el melodrama. ¿Y cómo no? teniendo como pilares culturales a los pulpos televisivos y a la telenovela como el medio más efectivo de comunicación. Entonces, es natural que sus películas vengan cargadas con buena dosis de melodrama y claro una que otra píldora de “moralina”.
Debo confesarlo, soy fan del cine mexicano y siempre que encuentro una película en cartelera, voy con el mejor ánimo, asumiendo que me va a gustar. Después cuando salgo del lugar me obligo a buscarle las cosas buenas por encima de las malas y muy, a mi pesar, la balanza no es equitativa. Es una realidad, “algo” sucede en la sala, algo que tiene que ver con las secuencias, los diálogos y los lugares comunes pero como resultado se desvanece la magia y de la fe absoluta me refugio un poco en la defensa.
Esto, por supuesto no pasa siempre pero si bastante a menudo y “La otra familia” no fue la excepción. La producción escrita y dirigida por Gustavo Loza, quien alterna su oficio de director entre el cine y Televisa, narra la historia de un niño que sufre por los constantes abandonos de su madre drogadicta y termina siendo adoptado temporalmente por una pareja de homosexuales.
El hecho, por supuesto trae consecuencias: La madre arrepentida y malaconsejada por su amante busca al pequeño, mientras los nuevos padres se encariñan con él. Y como si estoy no fuera suficiente conflicto, el niño se convierte en el objeto más preciado del mercado, cuando intenta ser vendido a una matrimonio de “riquillos” a los que parece no les importarles adoptar a un niño de 9 años, con tal de salvar su relación. Para contar esto Loza, que intentó abarcarlo todo, utilizó dos horas en las que se sintió un poco alcanzado por lo reforzado del argumento. Por supuesto, no se puede abordar la adopción en parejas homosexuales como un hecho aislado, ni más faltaba.
Pero el asunto va más allá de una narrativa mínima estructurada con un solo conflicto y en pocos personajes. No se trata de eso, ni de limitar las propuestas narrativos, sino de intentar mantener una unidad de acción.
En “La otra familia” Loza se extendió de manera innecesaria en situaciones y secuencias irrelevantes, por tratar de cerrar todas las líneas dramáticas y tal vez, por querer complacer a muchos a la vez. Esta tibieza es común a muchos de los autores del tercer mundo, quienes además de ser los directores también pretenden escribir, los lleva a dejarse arrastrar por temas que piensan que entienden pero que no logran descifrar.
Es cierto que los autores deben tener posturas definidas en sus narraciones pero la forma en que Loza presenta el tema es un tanto maniquea y falsa. Desde un óptica cargada de moralina que se representa a través de personajes, representados por actores de televisión, que parecen más sacados del papel que de la vida cotidiana. Acá los homosexuales son de comercial de televisión, refinadísimos, de esos que cenan quesos con vino tinto y que viven en una casa espectacular y tienen una vida perfecta, llena de comunicación y fidelidad. Mientras que los heterosexuales son mostrados como drogadictos, promiscuos, infieles e irresponsables.
Pero en el cine, al igual que en la vida, es peligroso generalizar. Primero porque en los seres no hay verdades absolutas ni situaciones definitivas y segundo porque siempre se correos el riesgo de equivocarnos o lo que es peor, de caer en estereotipos.
Esto es lo que le sucede a Loza. Tal vez en su afán de concentrarse en las situaciones, forzó a sus personajes a actuar de determinada manera, solo en función de la historia, aunque resulte gratuito y reforzado. Y en “La otra familia” podemos observar este tipo de timonazos poco justificados, los cambios de actitud de los protagonistas surgen de una escena a otra sin mayor reflexión. Uno de los hombres que odia al niño termina queriéndolo de un momento a otro, sin más ni más…
Dicho de paso ningún director tiene porque resolver todas las preguntas con una simple película. No pedimos tanto, no ansiamos ver todas las escenas, porque en ese festín estético no solo nos arrebatan nuestro derecho de espectadores a ejercitar la imaginación y suponer finales, situaciones, conversaciones…
Loza no es la excepción y padece el mal de querer dejar todo resuelto antes de que corran los créditos finales.
A pesar de esto, el director mexicano tiene algunos aciertos en sus escenas emotivas (la telenovela no es tan mala después de todo y para algo le ha servido su experiencias en el melodrama) y en algunas encuadres bonitos y logra mantener cierto suspenso. Sin embargo, su final no sorprende y resulta algo incómodo cuando propina castigos y otorga premios a los protagonistas de acuerdo a sus acciones. Los malos mueren y los buenos reciben su premio. Esto también lo trajo de la telenovela, pero esto es cine…
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