Hay momentos en los que la vida nos pone a prueba para saber de qué estamos hechos. Situaciones determinadas para las cuales nos hemos preparado y que esperamos con ansias, pero a la vez con miedo. Poco importa la preparación o el entrenamiento, el temor al fracaso es inherente al afán de alcanzar la perfección y por ratos puede someternos.
La suerte que corren los actores, bailarines, músicos y escritores, al tener entre sus manos y piel, a personajes fuertes, suele ser igual de incierta. La fragilidad de sus protagonistas, los hace presa fácil de la pérdida de su identidad o de la posesión de una ajena. Todo esto sucede mientras se deshace el delgado margen que separa a la realidad de la ficción. Producto de la locura o la obsesión, la historia es común a muchos que han dejado su vida en las tablas y en nombre del arte.
Nina Sayers es uno de esos títeres del drama y sus pasiones. Una bailarina de ballet que se empeña en encarnar a la perfección el papel del Cisne Negro en la obra “El lago de los cisnes”. En la compañía de New York siempre se ha distinguido por ser virtuosa, técnica y delicada en sus movimientos y nadie duda de sus capacidades para interpretar al cisne blanco. El problema es que el director de la obra quiere que una sola bailarina interprete los dos roles.
Sin embargo, Nina quiere ser la elegida. Un poco por ella y su carrera, pero también por cumplir las expectativas de su madre, una exbailarina que en la cima de su carrera, tuvo que renunciar a su futuro.
La película protagonizada por Natalie Portman, a quien recordamos por sus actuaciones en “El perfecto asesino”, “Todos dicen te amo” y la trilogía de la guerra de las galaxias, entre otras, va más allá del escenario y se propone conquistar su primera estatuilla en la próxima entrega de los premios Oscar.
La manera como Portman ha llevado su carrera ha sido discreta y racional. Desde que empezó, a la edad de doce años, ha escogido bien sus proyectos y ha puesto como condición actuar solo en sus vacaciones de verano para no interrumpir sus estudios universitarios de sicología. A pesar de haber crecido en la industria, nunca ha perdido la cabeza ni se ha dejado llevar por los excesos como tantos otros de su generación. Con esa misma tranquilidad se ha tomado su trabajo y ha dado sus pasos con sencillez.
En “Cisne negro”, Portman hace una interpretación fuerte y desequilibrada. Una especie de ángel y demonio, que se reconoce y se sorprende, que se ama y se odia, que se acaricia y se daña. Entre reflejos, sueños, confusiones y alucinaciones convive con un personaje que se esfuerza por poseerla mientras ella lucha pero a la vez cede ante sus demonios.
Como si fuera poco, tiene que bailar con destreza y dramatismo mientras es presionada por una madre posesiva (Barbara Hershey), acosada por un director (Vincent Cassel) que la seduce como parte de su estrategia creativa, odiada por una exbailarina que va de salida (Winona Ryder) y tiene que defenderse de una amiga (Mila Kunis) que pretende quitarle todo.
Tal descarga dramática solo puede entenderse bajo la mirada de un director como Darren Aronofsky conocido por sus películas “Pi, el orden del caos”, “Réquiem por un sueño” y “El luchador” (con Micky Rourke ). Todas protagonizadas por personajes fuertes, dramáticos y obsesivos, que viven al borde de ser arrasados por sus pasiones.
En “Cisne Negro” también algo de terror, desenfreno y mucho de drama sicológico. Con el juego de espejos Arofnosky hace que nos sobresaltemos entre el presente y el futuro de una protagonista condenada a seguir los pasos de su antecesora, la saliente primera bailarina Beth. En este azar se percibe el ligero toque del “Inquilino” del director Roman Polanski, porque al igual que en aquella historia, nuestra Nina no tiene más escapatoria que asumir una vida ajena, al reemplazar a la saliente Beth y esforzarse por salir de su sombra.
En medio de secuencias de baile y ensayos que parecen no terminar con giros seguidos por la cámara de Matthew Libatique, un director que complementa la historia con tonos grises, opacos y blancos, negros (¿como los cisnes?).
Con todo esto, Arofnosky consigue su propósito de enredarnos la cabeza, de confundirnos entre la realidad y la fantasía, para después abandonarnos en el último y más sublime acto de “El lago de los cisnes” donde por fin la perfección se alcanza. Pero de una manera inesperada
Què bodrio de pelìcula!
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